Escritura
El laborioso descifrado de los jeroglíficos
En su relación de las cosas del Yucatán, fray Diego de Landa, que fue obispo de aquella península en el siglo XVI, dejó escrito una especie de alfabeto silábico recogido de viva voz de antiguos nobles mayas que habría de servir en el futuro para descifrar, en parte, los jeroglíficos. Tras él otros muchos tuvieron la misma intención, aunque sin mucho éxito. Diego López de Cogolludo, fray Francisco Ximénez, el padre Bernardo de Lizana y el misionero Andrés de Avendaño aportaron datos, pero no el decodificador que abriera las puertas a la historia escrita precolombina.
Heinrich Berlin, un experto independiente que vivía en la ciudad de México, descubrió en 1958 los glifos (emblemas referidos a lugares o a familias que gobernaban en las diversas localizaciones mayas). Fue un descubrimiento importante en la escritura maya, pero no el único. Dos años después, Tatiana Proskouriakoff, de la Institución Carnegie de Washington, alcanzaba un nuevo hito: una anotación precisa de las fechas de los monumentos para concretar las fases estilísticas. Como ejemplo de estudio recurrió a las inscripciones de Piedras Negras, en Guatemala.
A partir de la identificación de los nombres de gobernantes y sus consortes, Proskouriakoff y Berlin confeccionaron listas de reyes. Sus hallazgos nos muestran unos seres de carne y hueso para quienes los lazos de parentesco cobraban un singular relieve: el poder pasaba de padres a hijos, como sucede en loas monarquías hereditarias europeas.

Mensajes por descifrar
Cuatro códices mayas precortesianos, confeccionados con fibra vegetal y cal, de carácter adivinatorio, han llegado hasta nosotros, a pesar del empeño de fray Diego de Landa por destruir en Yucatán todo vestigio de civilización autóctona. Escritos en maya yucateco, en ellos residen las claves que permitirán avanzar en el desciframiento de la escritura y aportar nuevos datos históricos.
Códice de Dresde
Comprado a un particular por el director de la Biblioteca de Dresde en 1739, es el primero del que se tuvo noticia en Europa. En la Segunda Guerra Mundial el códice sufrió serios daños, tal vez por contacto con el agua, en doce de sus páginas. Contiene tablas astronómicas de notable precisión.
Códice de París
Identificado como jeroglífico maya en 1859 por el estudioso León de Rosny, lo halló en un cesto de papeles polvorientos junto a la chimenea de la Biblioteca Nacional de París, donde se sigue conservando. Se encuentra bastante deteriorado, puesto que ha perdido parte de la cal que daba consistencia a la pintura.
Códice de Madrid o Trocortesiano
Es el más amplio y mejor conservado. Se encuentra en el Museo de América de Madrid desde 1964. El fragmento llamado Troano fue identificado en 1866 y publicado por el abate francés Brasseur de Bourbourg. Otro fragmento más pequeño, el Cortesiano, así llamado por creerse que perteneció a Hernán Corés, era del coleccionista Juan Miró y fue dado a conocer en 1869. Se trata de un texto adivinatorio.
Códice Grolier
Apareció en los años sesenta en la colección del Club Grolier de Nueva York, con cuyo nombre ha sido bautizado. Está en manos de un coleccionista privado. Ocupa pocas páginas y es de baja calidad pictográfica comparado con los anteriores.

La llave había sido encontrada, por más que muchas cerraduras sigan resistiéndose. Sin embargo, los lingüistas han podido corroborar el acierto en los desciframientos a medida que éstos se producían, hasta llegar a traducir el treinta por ciento de un total de 700 glifos o inscripciones.
En la actualidad se llevan a cabo trabajos de desciframiento en los valles de los ríos Motagua y Usumacinta, en la región guatemalteca de Petén, en Belice y en Copán (Honduras). Aquí existe una escalera que contiene aproximadamente 2.500 glifos esculpidos en 63 peldaños, la mayor cantidad de inscripciones descurbierta hasta ahora en una constucción maya.